Huída

Beso la blancura de tus pies como si fueran tu rostro, como si a través de ellos pudiera respirar. Se arrebujan, se arrebolan, entre las sábanas, con mis halagos.

Lloro mareado de alegría, de sabernos envueltos. Y nos quedamos dormidos haciendo un circulo infinito: donde terminan mis pies comienzan tus cabellos y, en cada vuelta, una historia diferente.

La inesperada lluvia de mayo celebra la validez de nuestro reencuentro. Tuvimos muchos problemas, pero nuestros cuerpos reclaman alargar el final de nuestra historia.

Despierto en la madrugada con una idea que ilumina la recámara. Veo mis ojos reflejados en el espejo del tocador de caoba y comienzo a vestirme lentamente.

Tomo tus pies con suavidad y los envuelvo con mi chamarra. Salgo sigilosamente bajo la mirada en blanco y negro de tu retrato de niña. Retengo la respiración para controlar mis movimientos. El eterno sonido de la televisión hace más fácil la huida. Atravieso el pasillo, cruzo la puerta principal y la calle húmeda me recibe con un grito de gloria.

Abro la puerta del coche, no se si poner tus pies sobre el asiento o en la alfombra, decido lo primero. De ahora en adelante ocuparán tu lugar. Se acabaran las discusiones, los celos y las mentiras. Caminaremos juntos y felices por el resto de nuestras vidas.

© Guillermo Osuna

Anuncios

Un Instant S’il Vous Plaît

Te devoro entera,
para que corran dulcemente,
tus secretos en mi sangre.

Tu piel desnuda se pierde en la leche fresca que rebosa la tina. Intuyo tus intenciones en el ligero ondular de la superficie, hasta que se hacen manifiestas al exponerte de frente y dejar que estile esa delicia azucarada, por el castaño oscuro de tu cabello, hacia el remolino que lame tus pies.

La piel de tu cuello sabe a mousse de roquefort con aceitunas negras, salteado de finas hierbas y ajonjolí quemado.

Del cuenco de tus manos bebo crema de garbanzos y flor de calabaza.

El rojo intenso del filet mignon se abre al centro. Disfruto del sellado y flameado de las paredes con cognac, salpimentadas sobre el aceite de oliva, la salsa inglesa y los trazos de ajo.

Me extravió en el chocolate oscuro de la cueva de tu ombligo.

El sabor de tus delgados labios apiñonados, invitan a sucumbir en el catavinos tibio que es tu boca. Inspiro antes de sumergirme y libar de tu lengua esos gránulos de pera alejandrina: regalo de los dioses, cenasegúnaclamaba el poeta Homero.

Lees atenta con la pierna cruzada. Inclinas la cabeza hacia un lado para apretar el lóbulo de tu oreja izquierda y recargar el mentón sobre el puño: ¿ya sabes que vas a pedir? Respondo que no, aún no, con la nariz hundida en las enormes alas extendidas del menú.

© Guillermo Osuna

La Huerfanita

En la hacienda La Sauceda, ya de madrugada, Don Apolonio juega una partida de póker. Mira su juego y pide 3 cartas, antes de recibirlas voltea hacia la pared donde está colgada la cabeza de La Centella, esa yegua excepcional a la que debe toda su fortuna.

***

Era una noche con inmensos nubarrones y fuerte viento. El cielo crujía como un gran techo de madera a punto de desplomarse. De repente, empezaron a caer pedradas de hielo ¡Caramba! lo que faltaba: la peor granizada que en muchos años azotara la región.

En la hacienda, la caballada estaba nerviosa. Entre relinchos, mordidas y patadas, derrumbaron la puerta de la caballeriza y salieron en estampida a campo abierto. Sus cuerpos se dispersaron en los potreros hasta perderse entre la oscuridad y las líneas de agua.

Entre la manada se encontraba una yegua alazana, que por estar preñada, no podía correr al parejo de sus compañeros. Al querer saltar una valla, tropezó y el golpe de la caída provocó que el parto se adelantara. Así,  en medio del lodazal y el granizo, nació una bonita hembra del mismo color que su madre. La potranquita aturdida y temblorosa se alejó algunos metros. Entonces, un relámpago abrió una enorme grieta en el cielo, fulminando a la madre. Días después, un par de vaqueros encontraron a la pequeña echada junto a aquel cuerpo quemado y le pusieron por nombre La Huerfanita.

Con muchos cuidados y cariño, creció hasta convertirse en un hermoso ejemplar. Su dueño, un hombre muy parejero, empezó a calar a La Huerfanita en un carril para ver si era ligera. Cuál sería su sorpresa al cronometrar su velocidad en 300 varas.

Tenía tres años y medio cuando arreglaron su primera carrera. Su contrincante era el afamado Profeta que llevaba diez carreras invicto. Los apostadores daban mocho* a favor del retinto y aun así cazaron pocas apuestas. Sin embargo, La Huerfanita ganó por dos cuerpos. Luego le trajeron al Jorongo, a La Yegua Colorada, al Burrito y a otros que ya no recuerdo. A todos les ganó. Gracias a su gran velocidad y a que nació en una noche de tormenta, comenzaron a nombrarla como La Centella.

Su fama creció muy pronto y no había rival que le ganara, de tal suerte que nadie quería competir con ella. Hasta que un 24 de marzo, un güero llegó al pueblo a retar a aquella leyenda, cuya fama, ya había cruzado la frontera.

Don Apolonio apostó gustoso todo lo que tenía. Así era su confianza: ciega y desmedida por su alazana. Correría trescientas varas a lomos libres contra un caballo muy fino conocido como El Buky: un ejemplar que, según decían los conocedores, medía 12 cuartas de la crin a la cola. A La Centella ni la habían medido.

Desde temprano se pusieron los puestos de elotes, tacos y carnitas, acompañados de cerveza y aguas frescas. La banda del pueblo tocaba los corridos de los caballos más afamados de México y algunas parejas bailaban cerca del carril de la competencia.

Cuando paseaban a los caballos con sus largas capas, la gente no sabía por quién apostar. Los dos eran hermosos y sus referencias impecables. Al destaparlos, muchos se asombraron del cuerpo perfecto del Buky: musculoso, negro y brillante con tonos azules y violáceos. Algunos, a pesar de ser amigos del hacendado, se decidieron por el extranjero.

En el partidero, detrás de la soga, los caballos se movían nerviosos. Los jinetes palmeaban el cuello de sus animales. El juez de espaldas preguntó: ¿Están listos señores? Y los jinetes asintieron. Entonces apuntó al cielo y disparó. Salieron rayando y levantando el polvo a sus espaldas. ¡La Centella va ladeada! Los jinetes llevaban la vista fija en la meta y sólo escuchaban los golpes de sus animales en el suelo. ¡Vamos Huerfanita! Don Polo resoplaba igual que su consentida. Los cuerpos iban muy parejitos. Tremenda carrera. ¡Go Buky, Go!  El gringo apretaba el amuleto en su mano izquierda. Vaya locura. El negro se adelantaba y la yegua lo  alcanzaba. La alazana tomaba ventaja y el caballo la emparejaba. ¡Chíngatelo Centella! Después de cruzar la meta, el jinete de la yegua salió disparado y El Buky siguió de largo. La gente desconcertada se acercó a empujones para conocer la decisión de los jueces, mientras el médico atendía al corredor inconsciente. Los jueces se alejaron hasta el encino para decidir quién era el ganador. En pocos minutos uno de ellos volvió hasta la raya, vio el gesto del veterinario y gritó con firmeza: ¡Ganó la muerta!

***

Don Apolonio abre lentamente el abanico de cartas en sus manos. Al frente hay un dos de corazones seguido de cuatro reinas – Gracias mi Huerfanita- piensa al tiempo que pone su resto en el centro de la mesa.

© Guillermo Osuna/ Hugo Miramontes †

Dar Mocho*: Cuando en los gallos o carreras de caballos se ofrece dos por uno en las apuestas.

El Que Se Cayó Del Trapecio

En un pueblito del sur, llegada la primavera, las señoras cantan mientras barren las anchas banquetas. A lo lejos, el altavoz anuncia la llegada del circo. Una multitud se va formando por las calles y siguen aquel convite gritando y aplaudiendo.

Los niños salen corriendo de la escuela para integrarse a la fiesta. El profe llega a la puerta principal y entre la gente ve a una joven de cabello rojo deslumbrante. Ella sabe que alguien la observa, voltea y le sostiene la mirada. Él decide que esa misma noche acudirá a la primera función para conocerla.

Llegada la hora, va a la taquilla y se sorprende al verla detrás de la ventanilla.
– ¿Cuántos boletos? – pregunta ella.
Mudo, solo atina a levantar el dedo índice.
-Se lo regalo. Por cierto, soy la trapecista.

La función comienza. Uno tras otro van apareciendo los actos circenses alegrando los rostros de la audiencia, excepto el suyo que ve pasar el tiempo arrastrándose lentamente hacia la llegada de su amada.

Por fin anuncian a la trapecista más joven del circo. El profe aplaude con entusiasmo desmedido.

Vueltas, saltos, luces brillando en sus cuerpos. Una actuación por demás perfecta. Y para concluir la noche: el tripe salto mortal, que solo por esta ocasión, se realizará sin red de seguridad.

El cuerpo del profe se congela. Los trapecistas enroscan sus piernas a las cuerdas del trapecio y estiran su torso hacia atrás con los brazos extendidos. El maestro se come las uñas. Los dos péndulos humanos se acercan y se alejan creando mayor expectación. Las cabezas de los espectadores se balancean con ellos. Redoblan los tambores. El profesor se limpia el sudor de la frente con el puño de su camisa, al tiempo que la trapecista se lanza al vacío, deja una estela roja, realiza tres giros en el aire y resbala peligrosamente. Un grito se ahoga entre las bancas, el profe aprieta los ojos, la oscuridad lo abruma, se levanta y mira al suelo de la pista, buscando el cuerpo de aquella ahogado en un charco de sangre, pero no ve nada, solo un remolino de vítores que lo envuelve y lo reanima. Entonces levanta la vista al poste de los trapecistas y sonríe maravillado al guiño que ella, con divina gracia, le manda con su ojo izquierdo.

Al terminar el espectáculo, permanece sentado golpeteando el aserrín con el talón. De entre las sillas, aparece un payasito y le entrega un pedazo de papel arrugado: Te espero en la carpa que está detrás de los elefantes. 

Sale corriendo entre la gente que se retira a sus casas comentando los pormenores de la función. Agitado, llega hasta la pequeña carpa, corre la cortina y la mira con su traje ceñido al cuerpo y las manos en la cintura. Pequeñas chispas brotan de sus ojos, no hay saludo ni palabras que interrumpan el encuentro. Se acercan temblorosos y se funden en un beso. El ritmo de la lluvia los envuelve hasta que, cansados, se tienden abrazados sin saber qué hacer. Ella tiene que retirarse. Él asiente con la cabeza. Se levantan, recogen su ropa y se visten de espaldas con un pudor innecesario. Salen y se dan un beso de despedida bajo el resplandor de un relámpago.

El joven no puede conciliar el sueño. Piensa que puede fugarse con el circo y dejar la escuela para convertirse en una estrella internacional. Observa sus manos tomando las de ella en el aire. Se ve salvándola de suertes cada vez más arriesgadas y, al concluir cada actuación, la gente les aplaude y les lanza flores.

La mañana siguiente es más colorida, como si aquella lluvia nocturna hubiera limpiado al pueblo de las telarañas de la costumbre. Durante la clase, el profe flota entre el siseo de los lápices que copian las planas del libro de lectura.

Varios encuentros se suman al primero, hasta que una noche, acude puntual a la cita y no la encuentra. Busca alguna señal entre la basura que se revuelca con el viento, pero no encuentra nada. Siente que su corazón se revienta como una ventana golpeada por un ladrillo.

Dos años después, regresa el circo. El argüende de las calles le molesta. Termina sus clases y toma el camino largo a su casa para no cruzarse con ella.

Llega al portón y su padre, el juez del pueblo, le ordena pasar. Al cruzar la puerta y ajustar sus ojos a la luz de la sala, descubre a la joven trapecista con una enorme panza junto al dueño del circo.
-¡Ahora le cumples!- grita el cirquero.

El profe mira las paredes buscando palabras para contestar:
-¿Cumplir que cosa?
-¡Pues casarte!
-¡Ese hijo no es mío!
-Tú me seguiste a escondidas por los pueblos donde andaba el circo, no lo niegues- dice la joven entre lágrimas.

La voz autoritaria del juez no permite que responda:
-Te casas o te meto a la cárcel.
-No me caso y estoy listo para lo que tú decidas- dice el maestro con la cara levantada.

Su madre se tapa la boca y mira como el juez agarra a su hijo del brazo y se lo lleva en la única patrulla destartalada del pueblo.

El chisme corre más rápido que una mecha de cohete encendida y todos saben que el profe no le quiso cumplir a la trapecista.

Un compadre les aconseja que lo mejor es negociar con el cirquero. Pasadas unas horas, el juez arregla el asunto con una buena cantidad de dinero y saca a su hijo.

Sale de la cárcel con la cabeza gacha y patea el polvo del camino. Está enojado por haber sido parte de esa estúpida trampa de cirqueros de tercera. Siente que la gente lo mira con cierta admiración y, a medida que va cruzando las calles, se escucha el rumor de los grillos pueblerinos que cuentan al aire:
-Mira, ahí va el profe… El que se cayó del trapecio.

© Guillermo Osuna/ Hugo Miramontes †

Seis Amantes

Hacían con las manos
lo que los cantantes hacen con la voz:
incendiar el aire de vibraciones.

La vio acercase por el pasillo del Tren del Pacífico. Jamás había visto unos tobillos tan perfectos balancearse sobre unos tacones así de altos. Al verla sentada frente a él, le fascinaron las formas aleatorias y el cascabeleo de sus pulseras cuando movía las manos al presentarse.

Minutos después, miraba sus ojos y sus labios preguntándole acerca de su vida, al tiempo que iba desprendiendo, en una larga tira circular, la cáscara de una naranja. Ella sentía que aquellas enormes manos tenían el poder de desnudarla con la misma paciencia y ternura con que pelaban aquella fruta. Era increíble que aquella comunión tan simple con un extraño, le produjera esas intensas cosquillas en las manos.

Dos noches después, asistió al Teatro Principal con el boleto que ella le regaló en el trayecto. Le pareció demasiado bella para ser chistosa en el espectáculo de Clowns, pero le gustó el acto Banderas de Libertad donde sus largos dedos manejaron de manera prodigiosa las mascadas de seda: aves de colores que se elevaban al tomarlas de un solo punto y quedaban suspendidas en el aire; primero una, luego dos, hasta once de manera simultánea, lamiendo apenas el piso de madera. Le aplaudió hasta que le ardió la piel y los demás espectadores lo vieron con extrañeza.

Llegó al camerino con un ramo de gardenias. Al entregárselo, rozó con el dorso uno de sus pezones. Siguió la línea de su espalda mientras ella colocaba las flores en una de las mesas. Se acercó, la abrazó algunos segundos y le dio un beso en cada mejilla. Al desearle felicidades la tomó de las manos sin pensarlo y una fuerte atracción entre sus dedos les hizo difícil la separación.

Camino al restaurante, mientras manejaba y elegía la música en el estéreo, ella se perfumaba haciendo círculos en su muñeca con el dedo medio, cerrando los párpados como si llevara la cuenta de sus pulsaciones. Él abrió la puerta del coche y miró con descaro la perfección de sus piernas. Ella alargó el brazo, agarró aquella mano poniendo el pulgar sobre los nudillos ásperos y se dejó llevar hasta quedar de pie ante aquel rostro de aliento tibio para darle las gracias.

Poniendo los codos sobre el menú argentino, le acarició la cara con las yemas mojadas por la copa de champaña con que auguraron el éxito de la gira. Ella cortaba la carne en trozos muy delgados, sazonados con pimienta y mantequilla a las finas hierbas, para morderla con extrema lentitud y gozo. Después de pellizcar el pan caliente, lo remojaba en el aceite de oliva mezclado con salsa inglesa y lo comía mirándole los hombros descubiertos. Por último, magreando con sus palmas cóncavas esas rodillas suaves debajo de la falda, la besó largamente delante del mesero que esperaba a que ordenaran el postre.

Aprovechó para desabrocharle el brassiere cuando se le atoró el cabello al quitarse el vestido por encima de la cabeza. Después de la tormenta, recostados entre las sábanas revueltas, acariciaron cada parte de su cuerpo como si la estuvieran creando.

Dormían. La monotonía de sus respiraciones flotaba sobre los persistentes aromas corporales. A un lado de la almohada, dos pequeños cuerpos, de cinco dedos, se entrelazaban y tocaban con frenesí para reconocerse entre las sombras. Asimismo, en el lado contrario de la cama, bajo las extrañas formas de luz que entraban por la ventana, se abrazaba extática, la otra singular pareja de sus manos.

© Guillermo Osuna

Ilustración Egon Schiele

Tu Rostro

Emerge de las profundidades de la existencia. El agua se mece con fuerza a tu alrededor. Respiras profundamente, suspiras, pero no duermes. Sobre el negro absoluto, ondulan y se sobreponen azules ultramar, verdes turmalina y púrpuras de tiro. Destellan las crestas entre la espuma, anunciando tal vez la llegada de tus manos.

Frente a ti, flotando, veo el movimiento de tus ojos cerrados. Intento adivinar tus sueños. Sumerjo mis manos y al encontrar tus hombros me enciendo. Ondeo como bandera de fuego. La delgada línea que aún nos separa se satura de rojos y marrones. No hay escapatoria: herviremos juntos, seremos vapores dulces y alcalinos, tormentas que se vaciarán en nuevos litorales. Despertaré otra noche mirando al techo y emergerá de nuevo tu rostro, ahora del fuego.

Voy a la cocina a preparar café. Mientras se calienta el agua, me asomo por la ventana: amanece, la sábila brilla bajo la lluvia al tiempo que las gotas resuenan sobre los charcos. La pequeña llama del quinqué me vigila. La apago.

Regreso y estás desnuda, recostada sobre tu almohada. Nada más negro que la sombra de tu cuerpo que inunda las sábanas, excepto tu cabello.

Toco tus pies helados con mi mano derecha: primero uno, después el otro, hasta entibiarlos. Me siento en la orilla, le doy un sorbo a la taza y te beso los labios, reconociendo que jamás había tomado un café con tanta dulzura.

-Cuéntamelo de nuevo.

Miro el cuadro sobre la cabecera, me acomodo en tu regazo, cierro los ojos y comienzo:

Emerge de las profundidades…

© Guillermo Osuna

Ilustración Isabel Emrich

Pequeños Anfitriones

Hay fiestas que,
aun sin invitados,
se vuelven inolvidables.

Escondidos bajo la sábana de la cama matrimonial, mirábamos los vasos delgados rodeados de botanas sobre el tocador. Nos pusimos las playeras al revés, con la etiqueta al frente, para que no nos hicieran daño los chaneques.

Decía mi abuelo que cuando terminaban la jornada y cenaban en el suelo, dejaban comida para los enanos que viven en las minas. Al amanecer, ya se habían terminado todo. Y es que si no les apartaban algo, les hacían bromas muy pesadas: un tropiezo en la oscuridad, herramienta perdida, derrumbes inexplicables, alguna enfermedad o hasta acostarse con la mujer de uno, como le pasó a Ramiro que tuvo un enanito, siendo él tan alto y su esposa tan decente.

Le dije que de seguro no salían porque no habíamos probado nada y tal vez pensaban que la comida estaba envenenada. A mí me gustaban mucho las papas con chile y los cacahuates con limón. A mi hermana las aceitunas con cuadritos de queso. ¡No te las vayas a acabar! me regañó. Preparamos las bebidas escuchando la canica de la botella al servir el brandy y al final les pusimos unos agitadores transparentes. La bolsa con hielos hacía un charco en el suelo, mientras prendíamos cigarros para que ellos también fumaran porque, aunque están chaparritos, ya son adultos. Tosíamos un poco rodeados del humo y, con los ojos llorosos, nos pusimos a bailar con la música del estéreo que íbamos a estrenar hasta navidad.

Si me preguntaran cuáles han sido los mejores días de mi niñez, este sería uno de ellos, no por la alegría de que llegaran los invitados, sino porque en su lugar aparecieron mis padres. Desafortunadamente, las playeras volteadas no nos sirvieron de mucho para evitar los cintarazos.

© Guillermo Osuna